Estás navegando por los archivos mensuales para diciembre 2008.
El otro día estaba en el gimnasio y en la tele que tenían puesta estaba la CNN. Decían algo como “Bombardeos en Israel: los militantes de Hamás están bombardeando territorio israelí con misiles terrestres. Estos últimos días han caído más misiles en Israel que en los últimos meses. En la zona hay ya más de 300 muertos.”
Cualquiera diría, con esa información, que los 300 muertos son todos palestinos…
Bueno, voy a seguir dándoos (¡qué palabra más fea a la vista, por dios!) el coñazo con mis dos primeros meses en Seattle.
Como ya conté antes, en Estados Unidos o tienes coche, o no puedes hacer vida. El transporte público de Seattle es bueno, según el “estándar americano”. Sin embargo, según el “estándar europeo” es una basura. No será por falta de líneas, la verdad. Aquí hay líneas de bus para dar y vender. El problema es que muchas de esas líneas tienen unos horarios extrañísimos. Por ejemplo, hay algunas líneas que sólo pasan de 6 a 8 de la mañana, y hay otras que sólo pasan 4 ó 5 veces al día. En fin, que cuando quieres ir a algún sitio en bus, además de tener que coger mil buses, según la hora del día tienes que hacer una combinación u otra. En estas condiciones, o dependes más que un yonqui de la página web del bus, o te compras un coche.
Nosotros decidimos comprarnos un coche, porque al fin y al cabo, es útil para cargar las compras y para no sentirse limitado por las terribles líneas de bus. Después de mucho investigar y mirar (comprarse un coche pequeño es EEUU es más difícil de lo que parece) nos acabamos comprando un Honda Fit, que en Europa se conoce como Honda Jazz.
Como es mi primer coche, la verdad es que estoy bastante emocionado con él, y Elena y yo estamos siempre diciendo lo maravilloso que es, y lo genial que nos parece. Pues nada, como buen plasta que soy, os dejo con unas fotillos del coche, con Elena como modelo

Llevo ya más de dos meses viviendo en Seattle y trabajando para Microsoft, y no ha sido hasta ahora que encuentro un poco de tiempo para escribir y contar un poco cómo me está yendo.
Elena y yo llegamos aquí en octubre y nada más aterrizar ya empezamos a hacer cosas para asentarnos aquí: que si el carnet de conducir (sí, hijos, sí, me he tenido que volver a sacar el carnet de conducir), que si buscarse un coche (ya sabéis que en los EEUU el coche es prioritario porque el transporte público deja mucho que desear), que si empezar a buscar casa (los dos primeros meses tuvimos casa por cortesía y gracia divina de Microsoft), etc.
Parece que decidimos venir al país en el momento justo: la economía al borde de la recesión, las elecciones presidenciales estaban a la vuelta de la esquina…
Para colmo, llegaba Halloween, y aquí la gente se vuelve loca con las calabazas, los adornos de brujas y la demás parafernalia terrorífica.
Los primeros días tuvimos un incidente con la fauna local. Esto fue lo que me encontré un día cuando entré al baño:
La verdad es que en la foto no se aprecia el tamaño del bicho, pero os aseguro que era un bicho enorme y terriblemente monstruoso. Una vez superado el infarto inicial, llamé a Elena y trazamos un plan. Desgraciadamente, la araña-monstruo decidió empezar a moverse por la pared. Como nos pusimos nerviosos por si saltaba o algo, subimos inconscientemente nuestro nivel de voz y la araña se detuvo. Así que por lo visto, si hacíamos ruido el monstruo trepador se mantenía inmóvil.
A mí me empezó a entrar el acojone de verdad cuando empecé a plantearme si la araña podía ser venenosa o no. La verdad es que era grande y peluda, parecida a las tarántulas. Uy, espera un momento… ¿Hay tarántulas en Seattle?
Por si las moscas, decidimos que mientras uno le chillaba a la araña para que no se moviera, el otro buscaría por internet qué tipo de arañas hay por la zona. Los resultados fueron bastante chungos: resulta que hay viudas negras y un tipo de araña que se llama hobo que también es venenoso (aunque menos que las viudas negras, está claro).
La viuda negra estaba descartada, afortunadamente, porque no se parece en nada (es la araña que hay a la derecha). Sin embargo, nos quedaba la duda de si era una hobo o no.
Como parecía que la araña ya empezaba a ignorar nuestros ruidos y gritos y avanzaba sin importar el escándalo que montáramos (pobres vecinos, por cierto. Todo eso pasó a las nueve de la mañana), decidimos ponernos un gorro y unos guantes por si la araña nos atacaba de alguna forma.
Finalmente nos llenamos de coraje, y armados con una guía telefónica que encontramos en un armario, nos liamos a mamporrazos con el monstruo trepador hasta que conseguimos aplastarlo.
Como apunte curioso sobre las arañas que hay por aquí, resulta que en primavera las arañas tienden a entrar en las casa, y una muy común es la araña lobo, que se llama así porque en vez de tejer una tela para cazar, cuando ve a una presa se echa a correr hasta que la alcanza y la mata. Flipa.
Ya estoy cagado sólo de pensar en la primavera.



